EL SECRETO DE LA LUNA


Circula la tristeza llorando en desazón, 
y son secados sus llantos con fastidio. 
Medrosamente logro controlar el miedo, 
luego de catar el vino tenaz de la apatía. 

Donde los horizontes se unen para prevenir 
que no estaré desamparada en la tempestad, 
existirá un velero prieto hacia signos lúcidos 
por mares insólitos con un ancla de expiación. 

El ocaso será de infinitas galaxias y fusiones, 
en la frágil memoria que muere mansamente 
la voz marcada en trazos y retumbos se calla. 
Queda la vacante, donde el tiempo pone huella. 

Entonces he de renunciar al sueño, 
dejar la inspiración, entrar en el sigilo 
donde no militan llantos ni abandonos... 

Me refugie a la vera del río, 
me contemple en el espejo de la noche 
mientras los sauces reían con el viento, 
y en mi pecho una hoguera susurraba tu nombre. 

Cómplice la luna, se ubicó a mi lado, 
abrigó mis hombros con su manto sibilino 
y me confesó un sagrado misterio 
que a través de los tiempos 
aún no saben los hombres: 

No temas a la amenaza profana 
que pudiese ensordecer tus sentidos, 
que el sueño que anhelas es conmigo compartido. 

Así que suelta amarras y cabalga 
sobre las impredecibles olas del mar que reino. 
Atrapa los vientos en tus velas, 
explora, sueña, descubre... 

No intentes comprenderme, 
no rompas tu ensueño, 
y saborea el misterio de tu luz, 
donde las pesadillas no te alcanzaran 
nunca con sus quehaceres mundanos. 
Cierra los ojos y funde tu fuerza 
en un beso de esperanza 
allí donde el tiempo descansa.

Zeltía La Loba.

Imagen: Adelaide Hanscom Leeson. Plate XIV.


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